Trabajo cooperativo en Secundaria: una apuesta estratégica por el aprendizaje profundo y el desarrollo integral del alumno
En Educare entendemos que la innovación pedagógica no consiste en incorporar metodologías de forma puntual, sino en construir un modelo coherente que acompañe al alumno a lo largo de todas las etapas educativas. Por eso, tras los excelentes resultados obtenidos en Infantil y Primaria, el aprendizaje cooperativo se implanta este curso también en Educación Secundaria como una evolución natural de nuestro proyecto educativo.
Al frente del proyecto está Victoria Augusto Buitrago, maestra con una amplia trayectoria de más de 15 años en el Grupo Educare desde 2012 y formada en aprendizaje cooperativo con Spencer Kagan. Su experiencia formando a docentes y su profunda convicción en el valor del aprendizaje entre iguales, convierten este paso en una apuesta estratégica de Educare por un modelo que integra rigor académico, desarrollo social y bienestar emocional.

¿En qué consiste el proyecto de trabajo cooperativo y qué objetivos persigue dentro del modelo educativo de Educare?
El aprendizaje cooperativo es una metodología educativa en la que los estudiantes trabajan juntos en pequeños grupos para conseguir objetivos comunes. Cada miembro del equipo participa de manera activa, comparte responsabilidades y contribuye al aprendizaje de los demás. Este enfoque convierte la interacción entre compañeros en una herramienta clave para comprender contenidos, desarrollar habilidades sociales y mejorar la autonomía. Su esencia es sencilla: aprender con otros y gracias a otros, dentro de una estructura que asegura la participación y el progreso de todos.
¿Por qué el trabajo cooperativo es especialmente importante en la educación actual y qué aporta frente a metodologías más tradicionales?
El trabajo cooperativo tiene hoy más sentido que nunca porque conecta directamente con lo que nuestros alumnos necesitan, no solo a nivel académico, sino también social y emocional. Vivimos en una sociedad en la que saber trabajar en equipo, comunicarse con respeto, escuchar al otro y pensar de forma crítica es tan importante como dominar los contenidos. Por eso, la escuela no puede quedarse únicamente en la transmisión de conocimientos; debe ayudar a formar personas capaces de colaborar, dialogar y afrontar retos juntos, sin descuidar su bienestar emocional.
Cuando trabajamos de forma cooperativa, el alumno deja de ser un mero oyente para implicarse activamente en su aprendizaje. Participa, opina, contrasta ideas y construye el conocimiento junto a sus compañeros. Esto hace que los aprendizajes sean más profundos y significativos y, al mismo tiempo, favorece valores como el respeto, la responsabilidad y la ayuda mutua. Además, genera un clima de confianza en el aula que aumenta la motivación e implicación.
No se trata de sustituir otras prácticas docentes, sino de complementarlas: las metodologías tradicionales pueden ser necesaria para introducir nuevos conceptos, pero es a través de la interacción y el apoyo entre iguales como esos contenidos se comprenden, se aplican y se consolidan de forma más sólida y duradera.
Este curso el proyecto se implanta también en Educación Secundaria. ¿Qué ha motivado esta decisión y qué necesidades educativas responde en esta etapa?
La implantación del proyecto en Educación Secundaria nace de una reflexión natural tras la experiencia positiva en Infantil y Primaria. En los colegios Educare hemos comprobado que el aprendizaje cooperativo mejora la implicación, el clima de aula y los resultados académicos. Sin embargo, al pasar a Secundaria percibíamos un cierto “bache” en el cambio de etapa, tanto en la forma de aprender como en la vivencia emocional del alumnado.
La adolescencia es un momento clave en el que los alumnos necesitan seguir aprendiendo de manera activa y significativa, pero también sentirse acompañados, escuchados y parte de un grupo. Mantener el aprendizaje cooperativo en esta etapa, adaptado a su madurez y a las mayores exigencias académicas, nos permite sostener la motivación, fortalecer las habilidades sociales y generar un clima de aula positivo donde se fomente el sentido de pertenencia, tan importante a estas edades.
No se trata de restar rigor, sino de enriquecerlo con metodologías que conecten mejor con sus necesidades. Es, en definitiva, una decisión coherente con nuestro compromiso de acompañar a los alumnos en todas las etapas de su desarrollo académico y personal.

La adolescencia es un momento de grandes cambios personales. ¿Cómo ayuda el trabajo cooperativo a mejorar la convivencia y las relaciones entre los alumnos?
La adolescencia es una etapa en la que las relaciones con los iguales adquieren un peso enorme en el bienestar personal. En este contexto, el trabajo cooperativo ayuda a ordenar y canalizar esas relaciones dentro del aula de forma positiva y constructiva.
Cuando los alumnos trabajan con metas compartidas, no solo organizan mejor su tarea, sino que empiezan a sentirse parte real de un grupo. Al buscar juntos el éxito común, se crean vínculos más sólidos, aumenta la comunicación y se generan relaciones basadas en la ayuda mutua y la corresponsabilidad. Esto favorece que se conozcan mejor, que se escuchen más y que aprendan a apoyarse, lo que repercute directamente en la convivencia diaria.
Además, esta dinámica también transforma la relación con el profesor. Al estar más presente en los procesos de interacción, acompañar los momentos de dificultad y orientar las relaciones del grupo, el docente se acerca al alumnado en el plano emocional. Esto facilita una relación más cercana y de mayor confianza, que contribuye a un ambiente de aula más equilibrado y respetuoso.
¿De qué manera el aprendizaje cooperativo contribuye al bienestar emocional y a la autoestima de los estudiantes?
El aprendizaje cooperativo favorece el bienestar emocional y la autoestima porque permite a los estudiantes sentirse útiles, valorados y capaces dentro de un grupo. Cuando cada alumno tiene un papel claro y necesario, percibe que su aportación cuenta, lo que refuerza su confianza y su seguridad personal.
Además, trabajar con otros ayuda a vivir el error como parte normal del aprendizaje. Poder preguntar, contrastar ideas o recibir ayuda en un entorno compartido reduce la inseguridad y facilita una percepción más positiva de las propias capacidades.
Un elemento clave es la formación de grupos heterogéneos, tanto en nivel académico como en capacidades comunicativas y sociales. Esta diversidad permite que los alumnos se complementen, aprendan unos de otros y descubran que todos pueden aportar algo valioso. Esa experiencia de colaboración equilibrada fortalece la autoestima, el respeto mutuo y el bienestar dentro del aula.
¿Qué habilidades personales y sociales desarrollan los alumnos cuando aprenden a trabajar en equipo desde edades tempranas?
En Infantil y Primaria, el aprendizaje cooperativo pone un énfasis especial en las habilidades sociales básicas que sostienen una buena convivencia. En cada actividad se entrenan de forma intencional la escucha activa, el agradecimiento mutuo y la responsabilidad individual dentro del grupo. No son aprendizajes espontáneos, sino competencias que se practican y se incorporan poco a poco a la forma habitual de relacionarse.
A finalizar cada actividad cooperativa, los alumnos aprenden a elogiarse, verbalizando las virtudes y aportaciones de sus compañeros, lo que fortalece el respeto, la empatía y la valoración positiva de los demás.
Todo este proceso favorece el desarrollo de la inteligencia interpersonal, al mejorar su capacidad para comprender, comunicarse y colaborar con otros, y también de la inteligencia intrapersonal, al tomar conciencia de sus propias fortalezas, emociones y responsabilidades dentro del grupo. Así, desde edades tempranas, aprenden no solo a trabajar juntos, sino a conocerse mejor a sí mismos y a relacionarse de forma más constructiva con los demás.
¿Cómo se gestiona dentro del aula la diversidad de ritmos, capacidades o personalidades a través del trabajo cooperativo?
La gestión de la diversidad en el aprendizaje cooperativo comienza por un elemento clave: la formación de los equipos. Para ello, el profesor dedica tiempo a conocer bien a cada alumno (a nivel académico, social y personal) y organiza grupos heterogéneos, combinando distintos ritmos, capacidades y personalidades. Así, cada alumno puede aportar al equipo y, al mismo tiempo, recibir ayuda de sus compañeros, convirtiendo la diversidad en una oportunidad de aprendizaje para todos.
Durante las actividades, el papel del profesor es muy activo. Está en movimiento, observando, acompañando y ofreciendo apoyo a los alumnos o equipos que lo necesitan, para asegurar que la colaboración funcione y que todos puedan avanzar.
Muchas familias asocian el trabajo en grupo con que unos alumnos trabajen más que otros. ¿Cómo se organiza el proyecto para garantizar la responsabilidad individual y el aprendizaje de todos?
Es una preocupación habitual, porque muchas familias identifican el trabajo en grupo con el modelo tradicional en el que algunos alumnos asumían casi todo el trabajo mientras otros apenas participaban. Sin embargo, el aprendizaje cooperativo no funciona así.
El proyecto se organiza a través de estructuras cooperativas definidas, con pasos claros y tiempos establecidos. Estas estructuras regulan la participación de cada miembro del equipo, de modo que todos deben intervenir para que la actividad pueda avanzar. Si uno no aporta su parte, el grupo no puede completar la tarea.
Por eso no hablamos de “trabajo en equipo” al uso, sino de interdependencia real: los alumnos dependen unos de otros para lograr el objetivo común. Cada miembro tiene una responsabilidad individual concreta y la interacción está organizada y guiada, no improvisada.
De este modo se garantiza algo esencial: que todos participen, que todos aprendan y que nadie pueda quedarse al margen del proceso.
¿Qué cambios observáis en los alumnos cuando trabajan de forma cooperativa durante un periodo prolongado?
Cuando el aprendizaje cooperativo se mantiene como metodología habitual en el aula, los cambios en los alumnos son progresivos pero muy visibles.
En primer lugar, aumenta su implicación y motivación hacia el aprendizaje. Participan más, se sienten responsables de lo que hacen y muestran mayor compromiso tanto con su grupo como con el profesor. También mejora su capacidad comunicativa, ya que aprenden a expresarse, escuchar y colaborar de forma más natural.
A nivel personal y emocional, se observa una mayor regulación emocional y estabilidad. Los alumnos se sienten acompañados, parte de una red de apoyo y confianza que les da seguridad en el día a día escolar.
Todo ello tiene también un impacto académico claro: al estar más motivados y emocionalmente más disponibles para aprender, los contenidos se comprenden mejor y el aprendizaje se vuelve más profundo y significativo.
Si tuviera que explicar a una familia en una frase por qué el trabajo cooperativo es importante para educar para la vida, ¿qué le diría?
Es importante para educar para la vida porque enseña a los alumnos a convivir, comunicarse, responsabilizarse y construir soluciones junto a otros, habilidades esenciales no solo para aprender en la escuela, sino para desenvolverse con seguridad y equilibrio en la vida… Aunque, en realidad, lo que haría sería invitarle a venir al aula y verlo en acción.